180 aniversario de Ayacucho
Mientras escribo esta nota, recuerdo de pronto que es 9 de diciembre, el 180 aniversario de la Batalla de Ayacucho. Al paso del tiempo se ha borrado la huella de este magno suceso en nuestra memoria histórica, pero no se crea que es un fenómeno de ahora, pues desde el mismo 2 de agosto de 1828 en que Antonio José de Sucre abandonó el territorio nacional, hubo un esfuerzo consciente para borrar su gobierno de la historia de la nueva república.El propio mariscal tomó previsiones para la sucesión, colocando en primer término el nombre de Andrés de Santa Cruz, no obstante que había una rivalidad antigua entre ambos próceres, que se remontaba a la disputa entre Colombia y el Perú por Guayaquil. Santa Cruz era hombre de San Martín; Sucre, de Bolívar. En vísperas de la batalla de Pichincha, Santa Cruz anunció sorpresivamente que retiraría la fuerza de 900 hombres que comandaba, por órdenes del Protector San Martín. Sólo la firmeza de Sucre evitó este descalabro. Poco después, Sucre llegó a Lima en representación de Bolívar, tan sólo para meterse en una olla de grillos: Santa Cruz ya había alistado 3.000 hombres, calculando llegar a 8.000 para marchar al sur dejando en el camino a Sucre. El propósito claro era que el ejército colombiano no tuviera papel alguno en la liberación del Alto Perú, para anexarlo cómodamente al Bajo Perú. Santa Cruz fue un estadista, pero no un buen militar. Tuvo un triunfo limitado en la batalla de Zepita (de donde al menos salieron dos mariscales, él y Blas Cerdeña), pero no supo aprovechar el triunfo y como no estaba dotado de audacia militar, permitió que a sus vistas se reunieran las fuerzas de Canterac y las de Jerónimo Valdés, mientras las del general Pedro Antonio de Olañeta amagaban por el sur. Sin dar combate se retiró y perdió más de 3.000 hombres, unos tomados prisioneros por Canterac, y otros que se dispersaron. Sucre no ocultó sus críticas ante una campaña tan desastrosa.Qué distinto en cambio el genio militar de Sucre. Qué impresionantes las semanas previas a Ayacucho, cuando seguía personalmente con ojos insomnes y la barba descuidada los movimientos del enemigo. Bolívar era una rara combinación de audacia militar y prudencia política: no enviaba órdenes y Sucre enfrentaba el descontento de sus propios oficiales acostumbrados como él a la acción y no a la guerra de posiciones. Como no tenía pelos en la lengua, le advirtió a Bolívar que no pasaría de la primera semana de diciembre sin entrar en acción y así lo hizo, en Ayacucho, El Rincón de los Muertos, un paraje estrecho junto al cerro de Condorcunca, donde ni siquiera se podía hacer grandes maniobras con la caballería. Cuando capturó al Virrey La Serna y, más aún, cuando trató con magnanimidad al general Canterac devolviéndole la espada que le entregaba en señal de capitulación, jamás pasó por su mente un justo deseo de venganza, pues en 1820, de paso por Venezuela, Canterac tomó prisionero al capitán Francisco Sucre, y ordenó su degüello no obstante que estaba gravemente herido. Antonio José pudo tomar venganza, pero trató a Canterac con generosidad extrema.Creada la república, una de las primeras leyes estatuyó que el 9 de diciembre se festejara el triunfo de Ayacucho, así como el 3 de febrero el nacimiento de Sucre. Los gobiernos que le sucedieron suspendieron la vigencia de estas leyes a tal punto que en 1830 uno no encuentra ni siquiera una declaración de duelo nacional por el asesinato del Mariscal. Y hoy, a tantos años, ¿quién se acuerda de Ayacucho?


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