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IGLESIAS DE LIMA

SAN PEDRO
Esta Iglesia tiene de titulares a los Apóstoles San Pedro y San Pablo. Desde el principio se le llamó Iglesia de San Pablo hasta el año 1770 en que toma el nombre de SAN PEDRO.
La historia de esta hermosa y antigua Iglesia conoce tres etapas fundamentales:


IGLESIA PRIMITIVA:
Su historia se inicia con la llegada de los Jesuitas el 1 de Abril de 1568. De inmediato se emprendieron las labores de construcción de la Iglesia con el fin de que la Lima de entonces, de apenas unos 10000 habitantes, contara con un lugar más dedicado a la celebración del misterio de la Eucaristía y de las distintas labores propias del anuncio del evangelio.
Cabe destacar cómo muchos de los vecinos dieron algunos lienzos y tablas de imaginería para embellecer los muros, sedas para los ornamentos, y piezas de plata para la sacristía.
LA SEGUNDA IGLESIA:
El afán de una mejor evangelización y el deseo de alcanzar una mejor escucha y celebración de la Fe, alentó la construcción de una nueva Iglesia. El 30 de Junio de 1569 se colocó la primera piedra en el terreno inmediatamente contiguo a la anterior. La labor concluyó seis años más tarde después de múltiples esfuerzos y de la cooperación de todos los feligreses que aportaron no pocos donativos.
TERCERA IGLESIA. LA ACTUAL:
El acuerdo de la construcción de la nueva Iglesia se tomó en la congregación provincial de 1618. En 1628 se terminaron tres de sus capillas, en 1635 se erguía airosa la cúpula, y fue el 31 de Julio de 1638 cuando se celebró su solemne dedicación. A partir de este momento más de tres siglos y medio han sido testigos del Amor de Dios que se renueva una y otra vez en cada Eucaristía.
Visitar esta Iglesia no sólo ofrece una oportunidad de encuentro con el Señor, sino que también constituye una oportunidad para maravillarse de la abundante riqueza artística que se deja ver en cada uno de sus altares, capillas, y pinturas. La arquitectura de la Iglesia de San Pedro manifiesta distintos estilos arquitectónicos. Entre ellos destaca el Renacentista, Plateresco, Barroco, Churrigueresco (Barroquismo exagerado), y Neoclásico.
En la nave central se ve resaltar la afamada arquería de San Pedro. Los cuadros en las pilastras dando cara a los confesionarios, representan a los Apóstoles. A lado y lado del pasillo central se capta la presencia viva de las Capillas doradas, que nos preparan para el encuentro maravilloso con el altar mayor, no sin antes levantar la mirada hacia la alta cúpula asentada sobre los cuatro arcos maestros donde lleva ya tres siglos y medio manifestando la grandeza del Señor.
El Altar Mayor estaba dedicado a los titulares de la Iglesia de San Pedro y de San Pablo, el retablo era barroco y muy rico, riqueza que se extendía en cuadros y marcos dorados por todo el presbiterio, hasta las pilastras del arco toral. Los terremotos de 1687 y de 1746 lo despojaron de su primitiva belleza de ahí que se procediera a remplazarlo. El actual Altar, labrado en estilo Neoclásico, se estrenó en febrero de 1809 y hacen parte de él las imágenes de San Pedro y San Pablo y el Corazón de Jesús que ocupa el nicho central, también hace parte de este altar la imagen de la Virgen María cuya presencia maternal guía el corazón de cada visitante hacia el encuentro con el Señor a través de la oración.
En el altar de las reliquias, maravilloso retablo de estilo renacentista, se encuentran abundantes reliquias de Santos Mártires, lo que hace que en la Iglesia de San Pedro, fuera del recinto donde esta el Santísimo Sacramento, no haya otro sitio de tanta sacralidad y respeto como el altar de las reliquias. En su cercanía hacen oración los que buscan robustecerse en la fe, acompañándose allí de tantos que murieron por ella.
Son muchos los altares que conforman esta Iglesia, cabe destacar entre ellos el de San Ignacio, el de San Francisco Javier y todas aquellas capillas laterales que una a una van representando las inagotables riquezas de la fe, una fe que espera encontrar un eco de santidad en cada corazón de quienes las visitan.
Por último cabe destacar cómo al costado del Templo de San Pedro y adosada a él se encuentra la capilla de la Penitenciaría que se construyó utilizando los cimientos de la segunda Iglesia. La capilla actual tiene un sólo altar - con un lienzo representando la escena de la Elevación de la Cruz - y está adornada en sus costados por grandes lienzos de la Vida de Cristo encuadrados en marcos dorados. Se encuentra también en la Iglesia de San Pedro la capilla de la O perteneciente a la congregación Mariana de Nuestra Señora de la Expectación del Parto, conocida más como Nuestra Señora de la O, dicha así por la "O" admirativa con que comienzan las antífonas latinas del Magnificat los ocho días que preceden a la Natividad.


SAN FANCÍSCO

Ya desde la fundación de Lima por Francisco Pizarro, la orden Franciscana recibió enhorabuena un solar vecino al de Santo Domingo.Y aquello que en un principio no fue más que una pequeña ramada que fray Francisco de la Cruz levantó para usarla de capilla, es hoy, tras contratiempos, derrumbes, esfuerzo y oración, uno de los centros religiosos, culturales y turísticos más importantes del Perú, y cuyo templo lleva nada menos que el título de Basílica Menor, concedido por el Papa Juan XXIII en el año 1963.
Desde la anteportería y el vestíbulo el templo empieza a mostrar su riqueza. Los lienzos y esculturas, tanto de maestros como de genios anónimos, hacen casi tangible el hambre espiritual y la piedad de aquellos artistas que desde distintas épocas supieron plasmar su amor por lo sagrado y divino.
Tanto la sala de exposición penitenciaria, el claustro principal y la sala capitular, en donde los franciscanos se reunían para celebrar sus capítulos conventuales y tratar asuntos de fundamental importancia, conforman un rico mosaico de diseños y formas que conjugan estilos de diversas escuelas, épocas y países. Los 39 lienzos del claustro principal de artistas limeños como Diego de Aguilera y Francisco de Escobar, compiten en belleza con la talla en madera en alto relieve que corona la cátedra principal de la sala capitular y que muestra las imágenes de Fray Duns Scoto y de la Inmaculada Concepción. La sillería y el techado, el retablo y los lienzos de tan bellas escenas del Antiguo Testamento, de santos de la propia orden, como del Señor y de su Madre Santísima son testimonio de la riqueza espiritual de nuestra Iglesia.
En el museo o sala de profundis econtramos lienzos de la escuela del flamenco Pedro Pablo Rubens dedicados a la "Pasión de Cristo" junto a diversos ornamentos en oro y plata. Seis pontífices franciscanos velan la sala Clementina mientras que el Refectorio muestra un lienzo de la Última Cena que destaca por sus dimensiones y belleza. Recia madera de cedro tallada reviste la sacristía mientras que los coloridos lienzos de Francisco de Zurbarán y de José de Ribera deslumbran por la vitalidad de su ejecución. El retablo, el lavabo, la capilla penitencial: lo barroco se impone por momentos sin opacar los otros estilos: diversas maneras de expresar una misma fe y una misma devoción.
Las criptas de San Francisco, o "catacumbas", por su similitud con las romanas, son una serie de bóvedas subterráneas que sirvieron de sepultura a miembros de cofradías y hermandades. El recuerdo de la muerte y la apertura al misterio de la trascendencia de la vida se hacen presentes.
En el Claustro Superior se encuentran las galerías donde estaban las celdas de los frailes, quienes se reunían en el Coro para sus oficios o ceremonias religiosas. Ambas piezas conservan y transmiten parte del espíritu de aquellos hombres a quienes albergaron. La biblioteca reúne unos 25 000 volúmenes, entre ellos verdaderas joyas de la literatura universal y de las diversas ciencias y quehaceres. La belleza del recinto armoniza con la riqueza bibliográfica.
Todo nos remite al Señor, desde la cúpula imponente hasta la elegante fachada de la iglesia nos hablan de la estrecha relación que para los hombres ha tenido siempre el arte y la fe. Ninguna expresión del arte por sublime que sea alcanza la belleza y profundidad del amor de Dios. Este conjunto monumental está hecho de ingenio y técnica, de arte y trabajo, pero sobre todo de fe y de amor, de profunda piedad y devoción, y es en el fondo eso lo que lo hace verdaderamente hermoso para todo peregrino que llegue con el corazón abierto para dejarse interpelar por el misterioso lenguaje del arte, la historia y la fe.


NAZARENAS

La historia de la iglesia de las Nazarenas, que alberga hoy a la sagrada imagen del Señor de los Milagros, es casi tan antigua como la imagen misma. Tal como consta en la historia del Señor de los Milagros, la sagrada imagen fue pintada en el humilde y tosco muro de una barraca por un esclavo angoleño. En 1655 un fuerte terremoto asoló Lima causando cuantiosas perdidas humanas y materiales. Las precarias viviendas de los esclavos angoleños cayeron por los suelos. Pero milagrosamente el muro donde estaba plasmada la imagen del Cristo Morado quedó intacto.
Fue don Sebastián de Antuñano y Rivas el verdadero impulsor de la construcción del Santuario del Señor de los Milagros. Nombrado cuarto mayordomo de la sagrada imagen en 1684, compró los terrenos aledaños a la zona —donde se la venera hasta hoy— y construyó la primera iglesia del Cristo Morado. Ésta sufrió graves daños por la acometida del tiempo y los terremotos. A esta primera edificación —que requirió ser prácticamente demolida en 1746— le seguirá en importancia la que fue construida en 1771 por iniciativa del Virrey Amat. Este templo ha sufrido, hasta nuestros días, tantas remodelaciones como sismos ha soportado la Ciudad de los Reyes. Lo que comenzó siendo una pequeña capilla es ahora un imponente templo de hermosa arquitectura, y que, contrariamente a lo ocurrido con otros monumentos, se ha visto embellecida progresivamente después de las muchas reconstrucciones y arreglos de que ha sido objeto. Año a año el santuario recibe a millares de fieles devotos del Cristo Morado, que pueden admirar —en el lugar central de la iglesia— la milagrosa imagen que pintara una piadosa mano morena hace siglos y que milagrosamente permanece hasta nuestros días dando testimonio de la eterna miesericordia divina.
Al costado del templo se ubica el monasterio de las Nazarenas. En octubre de 1700 el mayordomo constructor de la primera iglesia hizo donación de ésta y de los terrenos adyacentes a las beatas Nazarenas. Éstas vestían el habito morado, dándose así origen a los hábitos de ese tradicional color que usan los devotos en el mes de octubre. Estas beatas tomaron como regla la carmelitana y así lograron elevar el beaterio a la condición de monasterio. Actualmente las Madres Carmelitas Descalzas-Nazarenas —que continúan usando el hábito morado en vez del tradicional marrón carmelitano— son las guardianas del Señor de los Milagros. En 1966 el antiguo monasterio quedó en ruinoso estado debido un fuerte sismo. Dos años más tarde se erigió uno prácticamente nuevo, en el que las "Fieles Guardianas y Cuidadoras" del Señor los Temblores viven dedicadas a la oración.
Como consecuencia del gran número de fieles que se acerca a la iglesia durante todo el año y que en el mes de octubre se torna en una verdadera marea humana, las Madres Descalzas-Nazarenas buscaron ampliar la capacidad del templo. Es así que entre 1987 y 1989 se construyó "la Capilla de la Reconciliación". La moderna construcción —que ha merecido importantes galardones por su bella arquitectura— es un complejo con más de 2,500 metros cuadrados y con capacidad para 500 personas. Cuenta con 8 confesionarios y su nave está presidida por un imponente Cristo de estilo manierista. Octubre a octubre esta edificación recibe a miles de penitentes que acuden para recibir el sacramento de la reconciliación —de ahí el nombre de la capilla—.


SANTO DOMÍNGO

Después de la fundación de Lima, el 18 de enero de 1535, el conquistador Francisco Pizarro entregó a la orden de Santo Domingo el solar que hoy ocupa su iglesia en el jirón Conde de Superunda, a una cuadra de la Plaza de Armas de Lima. Aunque los dominicos Juan de Olias, Alfonso de Montenegro y Tomás de San Martín, quien asume el gobierno de la orden en calidad de vice-provincial, fundan primero su convento en el solar de Diego de Agüero en la esquina de las calles Judíos y Bodegones para mudarse recién en 1541 al solar que se les había asignado, mientras se construía su casa.
Antes, el 4 de enero de 1540, se crea la provincia de San Juan Bautista del Perú de la orden de Santo Domingo, separándola de las provincias de Santa Cruz de la Española y de la de Santiago de México. La nueva provincia se extendía desde Nicaragua hasta el Río de la Plata, "por toda la costa del Mar del Sur". A partir de esa fecha el convento, que debía denominarse del Rosario, comenzó a construirse gracias a la ayuda de muchos vecinos que dieron gruesas limosnas, adquiriendo para sí y sus descendientes las capillas donde habían de enterrarse. El capitán Juan Fernández edificó y dotó la capilla de San Juan de Letrán, Diego de Agüero, la de Santo Cristo, situada en el crucero, que mas tarde vino a ser la del Rosario y Jerónimo de Aliaga tomó para sí la denominada de San Jerónimo, que hoy es la capilla de Santa Rosa de Lima.
En ese mismo año Francisco Pizarro funda la Archicofradía de la Veracruz para dar culto al fragmento de la cruz en que murió Cristo y que a instancias de Carlos V envió a Lima el papa Paulo III. Para albergar esta reliquia se construyó la Capilla de Veracruz al costado de la iglesia de Santo Domingo. Pocos meses después llega un grupo de 12 sacerdotes de la orden, incluyendo a Domingo de Santo Tomás, fundador de la Universidad de San Marcos que, con el nombre de Estudio General, inicia en 1548 sus cursos de Teología, Escritura, Gramática y Lengua General. El 2 de enero de 1553 se inicia oficialmente el funcionamiento de la Universidad, cumpliendo con la Real Cédula expedida en Valladolid el 12 de mayo de 1551, siendo su primer rector el padre dominico Juan Bautista de la Roca. En 1574 se muda la Universidad al local de San Marcelo, después de haber sido abandonado por los padres de San Agustín.
El 28 de marzo 1568, llegan al Callao y el 1 de abril hacían su entrada en Lima 7 religiosos de la Compañía de Jesús, encabezados como provincial por el padre Jerónimo Ruiz del Portillo, para instalarse provisionalmente en el convento de Santo Domingo, antes de iniciar la construcción de su primer templo que inaguraron seis años después.
La iglesia de Santo Domingo demoró en construirse. Aún no estaba terminada en 1583, ya que el 22 de enero de ese año el artífice mayor de albañilería Esteban Gallegos, requerido por los padres, declara que conocía el convento hacía 24 o 25 años y que a la iglesia "le falta de acabar y hacer mas de la mitad della y lo que falta por acabar no se hará con 40,000 pesos, por ser todos los materiales de cal, ladrillo y piedra muy costosos". Lo que no impedía que se adornaran sus capillas, como la de la Virgen del Rosario de los Españoles que hizo en 1582 el escultor sevillano Juan Bautista Vásquez y cuya pintura realizó Pedro de Villegas. Todavía en 1590, después del desastroso terremoto de 1586, el escultor sevillano Juan Martínez Montañés se obliga entregar al dominico Cristóbal Núñez, para la iglesia un "Santo Domingo", un "Santo Tomás", una "Santa Catalina de Sena" y el "Cristo" de la familia Aliaga. También el pintor Mateo Pérez de Alesio, que llegó a Lima en ese año, trazó los santos que adornan los claustros dominicos.
En esa misma época, exactamente en 1594, y a la edad de 15 años, es recibido San Martín de Porras como donado en el convento de Santo Domingo, por el prior Francisco Vega. Luego de nueve años profesa en la orden y el 2 de junio de 1606, en el coro del convento, el superior fray Alonso de Sea recibe sus votos de pobreza, castidad y obediencia. Durante 33 años, hasta su muerte, el 3 de noviembre de 1639, Martín será el enfermero, cirujano y barbero de la institución, ayudando y atendiendo a muchos menesterosos. Fray Martín fue canonizado por el papa Juan XXIII en 1962.
A finales del siglo XVI y hasta el terremoto de 1909 se termina la primera iglesia del convento y se trabaja intensamente en el adorno de los claustros. El 17 de setiembre de 1603, el alarife carpintero Francisco Rodríguez contrata cubrir los cuatro ángulos de un claustro pequeño que se estaba construyendo. Entre 1604 a 1606 se colocan los azulejos del claustro principal, importados del taller de Hernando de Valladares de Sevilla. A partir de allí se colocan los azulejos que fray Francisco de Avendaño, procurador del convento, encargó al ceramista Garrido, de acuerdo a la inscripción "me fecit Garrido", que aún se conserva. Debieron ser 6,000 azulejos grandes y los chicos que fueren necesarios, "habían de ser como los de la sala del Palacio". También en 1606 fundan los padres del convento de Santo Domingo la recolección Santa María Magdalena, después Sagrados Corazones o Recoleta en la actual plaza Francia.
Después del terremoto de 1609 el convento de Santo Domingo inicia una gran actividad constructora que transformaría el monumento totalmenmte. En 1615 el maestro alarife Alonso Arenas reacondiciona el claustro principal y el prior Salvador Ramírez manda hacer los retablos procesionales de los ángulos del mismo. En 1616 el escultor Diego Martínez de Oviedo contrató con los mayordomos de la cofradía del Rosario para hacer el retablo de la virgen titular y un Jesús Nazareno, que fueron dorados por Diego Sánchez Merodio. El 16 de mayo de 1619 el alarife Diego Guillén contrata con los mayordomos de la capilla de la Veracruz la ejecución de la portada renacentista de ingreso, quizás diseñada por Juan Martínez de Arrona, que se puede ver en el grabado de la fachada de Santo Domingo que aparece en los "Tesoros Verdaderos de Indias" de Juan Meléndez, publicado en Roma entre 1681 y 1683.
Pocos años después se inicia para el templo dominico la transformación que sufren todas las iglesias limeñas, es decir se reestructuran los templos abandonándose las formas góticas primitivas para reemplazarlas con lo que se ha llamado el barroco limeño. Así se inicia en Santo Domingo con la destrucción de la espadaña, recientemente inagurada, para remplazarla por una torre que es contratada, el 1o. de abril de 1659, al alarife Francisco Cano Melgarejo y al carpintero Lorenzo de los Ríos, por el prior fray Martín Meléndez, de acuerdo a los planos del alarife dominico fray Diego Maroto, que en esa misma época está construyendo el crucero y la cúpula de la iglesia. La torre de 44 varas de alto y de forma octogonal, se levantó sobre la capilla "de los negros" y constaba de tres cuerpos rematados por una cúpula coronada por una escultura bronceada de Santo Tomás de Aquino mitrado. Cano Melgarejo es autor también de la gran escalera conventual que aún existe. El 2 de enero de 1663, el maestro Lorenzo de los Ríos contrata la construcción de la cúpula para rematar la torre de Santo Domingo que se terminó de construir el 8 de enero de 1665. Un grabado de la iglesia con su torre publicó en Roma, en tres tomos entre 1681 y 1682, el dominico limeño Juan Meléndez en su "Tesoros Verdaderos de Indias". En 1666 el alarife fray Diego Marote hace derribar las bóvedas góticas de la capilla mayor de la iglesia para hacerlas reedificar en cal y ladrillo por el albañil Diego de la Gama; aunque por poco tiempo, ya que 25 años después las reconstruye en madera y yeso.
Mientras se realizaban estas grandes obras, dentro y fuera de la iglesia, en el mes de agosto de 1667, se celebró con gran pompa la beatificación de Santa Rosa de Lima.
El 17 de junio de 1678, a un cuarto para las ocho de la noche, se produce el terremoto que agrietó totalmente el templo de Santo Domingo. Después del sismo el alarife fray Diego Maroto inicia la conversión de la iglesia de Santo Domingo en un templo de tres naves, derribando la parte delantera de la iglesia a partir de las capillas paralelas de los Aliaga y los Agüero, y edificando el crucero con una nueva capilla mayor. Todo esto con adobes, madera y quincha, que habían comprobado ser mas resistentes que la piedra y el ladrillo. Una vez levantado el templo se reinicia su adorno. Así, el 14 de enero de 1684, el ensamblador Diego de Aguirre contrata con la cofradía de la Virgen del Rosario de los Españoles, en la iglesia de Santo Domingo, para hacer en un año el retablo y el camarín de la Virgen. En 1687 los ensambladores Pedro Gutiérrez y Juan Gómez de Lasalde terminan la confección del retablo de Santa Rosa. Entablaron pleito por debérsele 1,000 pesos de la cantidad ajustada y en su alegato dicen que el retablo terminado era de las mismas proporciones que el de la Virgen del Rosario y, por tanto, debía costar igual. En 1687 el pintor Rafael Bermúdez hace un lienzo de la Virgen del Rosario, rodeada de unos medallones con santos.
Después del terremoto de 1746, que redujo a Lima a escombros, se inicia la reconstrucción del convento y de la iglesia para convertirlas en el monumento que hoy conocemos. Después de la rehabilitación del templo le tocó a la capilla de la Veracruz que se reedificó en 1758 y el 12 de febrero de 1774 se colocó el primer ladrillo para la reconstrucción de la torre agregándole un cuerpo mas de altura diseñado por el artífice Juan de la Torre, siendo el resto de acuerdo a los planos del alarife Martín Gómez. El ángel de bronce de 3.5 mts. de altura, y que en las noches servía como faro, fue obra del platero Fernando Daza. La torre se terminó de construir en 1776 interviniendo en la reedificación como maestro de obras el alarife Juan de la Roca. En 1835 la arruinó un incendio sustituyéndose su cúpula piramidal por una chata y el ángel por uno de madera. Después del terremoto de 1940 la torre recuperó su forma original. En 1780 el maestro escultor José Pérez de Mendoza hace el retablo principal "de obra moderna" de la capilla de la Veracruz.
Durante la época de la Independencia el presbítero Matías Maestro transforma el interior del templo dominico reconstruyendo prácticamente todos sus altares para convertirlos al estilo neoclásico que estaba en pleno auge. Lo ayudaron en esta labor el maestro carpintero Jacinto Ortiz y el pintor José Sagastizábal. También encargó en 1822 al pintor sevillano José del Pozo decorar con sus lienzos el camarín de la Virgen del Rosario de los Españoles y pintar dos lienzos uno de Santa Rosa y otro de la Virgen María para los nuevos altares. Ya en este siglo los altares son remozados -y el de Santa Rosa redorado- gracias al autor de esta obra. El camarín de la Virgen del Rosario de los Españoles es una verdadera joya artística que desgraciadamente no esta abierto al público.


LA MERCED

Fray Miguel de Orenes funda en 1535, tomando por titular al arcángel San Miguel, el convento de Nuestra Señora de La Merced, sobre cuatro solares que se le asignaron durante el reparto, en la 5a. cuadra del Jirón de la Unión. Es tradición considerar a esta congregación religiosa como la primera en construir su casa en la ciudad. Hay incluso cronistas de esa orden que afirman haber tenido una ermita, en ese mismo lugar, mucho antes de la fundación de Lima, el 18 de enero de 1535. El nombre completo de este importante patrimonio nacional es, desde su creación, el de "Convento Grande de San Miguel de Lima del Real y Militar Orden de Nuestra Señora de La Merced, Redención de Cautivos, de la Provincia Mercedaria de la Natividad de Nuestra Señora".
El primer templo levantado por esta emprendedora orden fue una rústica capilla que en 1541, año del asesinato de Francisco Pizarro, se reconstruyó totalmente para convertirla, de acuerdo al cronista Bernabé Cobo, "en una grande nave cubierta de tablas, con capillas (hornacinas) a los lados". Un año después, el 25 de marzo de 1542, los sacerdotes acceden a que María de Escobar, la tradicional importadora del trigo, la vid y los olivos, viuda del aristocrático Francisco de Chávez, asesinado junto al gobernador, construya por su cuenta el altar mayor del templo, como sepulcro de sus familiares, mientras otros conquistadores construían las demás capillas laterales. Dice fray Víctor M. Barriga que "al principio el templo fue de una pequeña nave, con cinco altares o capillas: el altar mayor (al centro) y las capillas del regidor Francisco de Ampuero y de La Piedad a la derecha, y las del Crucifijo y de San Lorenzo a la izquierda."
En 1589, tres años después del primer gran terremoto que azotó a la naciente ciudad, el alarife Alonso de Morales adosó a la iglesia una torre cuadrada, considerada como la primera que engalanó el paisaje limeño. Tres años después el alarife Cristóbal Gómez rehace el claustro primitivo con "ocho lanzas de arcos altos y bajos de piedra" que en 1600 adorna su colega Francisco de Morales con una bella pila, tomando como modelo la existente en el convento de Santo Domingo. Y en 1608 se inicia una nueva reconstrucción de la iglesia, que era de una sola nave, ampliándola con dos naves colaterales, introduciendo en la arquitectura autóctona la planta basilical de tres naves abiertas con un amplio crucero. Esto se logró perforando con arcos los muros medianeros de las antiguas capillas hornacinas y cubriéndolas con medias naranjas con linternas en su cumbre.


Esta transformación de la primitiva iglesia gótica-isabelina, de una sola nave con capillas laterales, en una iglesia de tres naves y gran crucero, transformó totalmente el espacio interior del templo, dándole la originalidad que a partir de entonces adoptaron también las demás iglesias conventuales de Lima, para a su vez esparcir el nuevo concepto arquitectónico hacia otros templos de América del Sur.
Antes de su última transformación la iglesia fue engalanada con muchas obras de arte, entre las que destacaron el arco y portada de la capilla de la cofradía de Nuestra Señora de Agua Santa "conforme al modelo de la portada de las vírgenes Santa Justa y Rufina", iniciada por el alarife Juan de Mora a partir del 10 de julio de 1595; la escultura de dos varas de alto (aproximadamente 1.67 mts.) de Nuestra Señora de La Merced labrada en 1603 por el escultor sevillano Martín Alonso de Mesa Villavicencio y el lienzo de 9 por 5 varas pintado, en mayo de 1600, para el refectorio del convento por Angelino Medoro.


También, a comienzos de ese siglo, realizan los mercedarios obras fuera de su convento principal. Construyen iglesias en el Callao y en San Miguel de Miraflores. En 1604 fundan la recolección de Nuestra Señora de Belén, en la calle del mismo nombre, por iniciativa de Paula Piraldo y Herrera, rica encomendera de Colán, propietaria de esas huertas. El 31 de julio de 1607 el escultor de la Virgen de La Merced citado anteriormente empieza el retablo de la iglesia mercedaria de Ate cuyo dorado estuvo a cargo de Diego Sánchez Merodio. Y en 1626 fundan el Colegio de San Pedro Nolasco al que en 1657 el maestro albañil Domingo de Aguilar contrata la construcción del claustro, aunque subcontrata la obra con los oficiales Nicolás de Valdés y Francisco de Alcocer, por estar muy ocupado en la construcción de la bóveda vaída lisa de la iglesia del Prado.


El destructor terremoto de 1609 retraza la obra de la ampliación del templo que recién se reanuda el 5 de enero de 1613, cuando los alarifes Alonso de Arenas y Andrés de Espinoza contratan la construcción de la capilla mayor, de dos capillas laterales y del crucero. El primero de ellos hace además la traza de la capilla de la cofradía de indios de Nuestra Señora de la Consolación, ubicada entre la puerta y la torre, mientras que el segundo contrata al año siguiente, el 28 de marzo de 1614, hacer de ladrillo y piedra la capilla de Nuestra Señora de la Piedad cuya imagen labrará el escultor Diego Martínez de Oviedo en 1616.


La conversión del templo antiguo en una planta basilical con ancho crucero se prolongó por varios años puesto que el 3 de setiembre de 1621 el escultor Andrés de Espinoza contrata la obra "del cuerpo de la iglesia" para adaptarlo a la nueva traza y, todavía, a mediados de julio de 1628 se construía el "nuevo templo" según traza del arquitecto mercedario fray Pedro Galeano, gracias a los donativos del capitán Bernardo de Villegas y de su esposa Marcela de Montoya, cuya bella capilla-sepulcro era decorada, en esos años, por el pintor romano Mateo Pérez de Alesio, en compañía de su dicípulo Pedro Pablo Morón, y que hoy está en proceso de restauración. En 1667 el alarife Manuel de Escobar construye un nuevo campanario al tiempo que hacía uno de espadaña para la iglesia mercedaria del Callao.


Este templo, con su distribución interna muy semejante al actual, fue enriquecido con muchas obras de arte antes del gran terremoto de 1687. Entre ellas destacan el retablo de la capilla del lado del Evangelio, cuya ejecución fue contratada el 14 de marzo de 1628 al entallador Pedro de Mesa; el retablo de la Santísima Trinidad coronando a la Virgen, según una lamina del padre Urraca, quien contrató su ejecución, el 20 de febrero de 1636, al ensamblador Tomás de Aguilar y al escultor Pedro Muñoz de Alvarado; un tabernáculo de cedro y roble que debía colocarse en uno de los pilares frontero al púlpito realizado, a partir del 20 de junio de 1637, por el ensamblador y maestro de arquitectura, Asencio de Salas; el "Santo Cristo" contratado al escultor sevillano Juan Martínez Montañés el 13 de julio de 1640 por Luis de Betancur y Figueroa, fiscal de la Inquisición, y que se venera hoy como el Cristo del Auxilio; la corona de plata para Nuestra Señora de Agua Santa que en 1658 realizó el platero Juan Canelas Albarrán y cuya imagen de Cristo Crucificado hizo en 1660 el escultor Francisco Martínez. En 1674 el platero Antonio Silveyra hace las lámparas para la cofradía de Nuestra Señora de los Remedios.


Desde mediados del siglo XVII, hasta los primeros años del siglo siguiente, trabajó en el arreglo y el embellecimiento del conjunto monumental de La Merced el arquitecto mercedario limeño, también escultor y ensamblador fray Cristóbal Caballero. Este gran artífice va a dejar su profunda huella en la arquitectura de este notable patrimonio nacional, desde su rica portada principal hasta en los detalles más pequeños de sus claustros. El 1o. de octubre de 1671 el comendador de la orden lo nombra "maestro mayor de todas las obras de esta provincia" otorgándole además licencia para trabajar en construcciones para otras congregaciones. Así realiza importantes obras, como nos lo cuenta el padre Antonio San Cristóbal, en los conventos de San Francisco, San Agustín, Santa Ana, Santa Catalina, Santísima Trinidad, la Concepción y en el Sagrario de la Catedral. Su calidad profesional llevó a la ciudad a nombrarlo en 1696 "maestro mayor de fábricas reales", luego del fallecimiento del alarife Diego Maroto que lo antecedió. En 1684 recibe el grado académico de "presentado", teólogo antes de ser declarado "maestro". Al año siguiente, y hasta mayo de 1688, es nombrado comendador del convento de La Merced en el Callao. Como tal arrienda, con permiso de sus superiores, la hacienda Surquillo al alférez Cristóbal García de Paredes, que se instalará en el actual centro de Miraflores. Debió fallecer entre mediados de marzo de 1702, cuando realiza una última tasación del retablo de Nuestra Señora de los Remedios, y el 24 de agosto de 1703, cuando figura como fenecido en el capítulo provincial de la orden de La Merced de ese día.


Cristóbal Caballero se inicia como alarife de La Merced contratando la hechura del retablo de la cofradía de San Lorenzo, el 28 de setiembre de 1659. El 30 de abril de 1664 se compromete ha realizar la cubierta de madera del segundo claustro, que en 1662 inició el alarife Manuel de Escobar. Al año siguiente, el 11 de setiembre 1665, se compromete con el mayordomo de la cofradía de Nuestra Señora de los Remedios para hacer un retablo nuevo sobre otro viejo retirado por el carpintero Pedro de Céspedes. El 6 de junio de 1679, año de la beatificación de Santo Toribio, inicia el maestro alarife Francisco Javier Domínguez la construcción del noviciado de La Merced y poco más de un mes después, el 18 de julio, la planta alta del segundo claustro, siguiendo en ambos casos los planos y las directivas de Cristóbal Caballero. Después del destructor terremoto de 1687, que destruyó gran parte del templo y convento mercedario, trabajó arduamente en su reconstrucción. Y a partir de 1696 inicia la construcción de la bella portada de piedra que hasta hoy engalana al Jirón de la Unión.


Entre el terremoto de 1687 y el de 1746, que nuevamente destruye gran parte del templo y del convento, se realizan las siguientes obras mas importantes: el retablo de la Virgen de los Remedios hecho en 1702 por el ensamblador Juan Rojas; a partir del 30 de agosto de 1714, el grabador fray Miguel Adame pinta cuatro evangelistas para la capilla de Jesús Nazareno, mientras el ensamblador y dorador Juan José Ramírez Capitán hace su dorado y en 1739 el grabador Juan Francisco Rosa hace la imagen del Señor del Auxilio. Mientras tanto en 1730 la virgen de La Merced es declarada "Patrona de los Campos de Lima" y sacada por primera vez en procesión.


La reconstrucción de la iglesia y el convento, después del terremoto de 1746, fue un proceso lento que abarcó casi integramente la segunda mitad del siglo XVIII. Con el agravante de que el 24 de abril de 1775 se produjo un devastador incendio que redujo a cenizas la sacristía y parte del templo. Las obras de reconstrucción más importantes y que prácticamente subsisten hasta el día de hoy se realizaron en las siguientes fechas: entre 1759 y 1762 la torre, la bella escalera principal y los balcones interiores; entre 1762 y 1765 la portada de Cristóbal Caballero; entre 1765 y 1768 algunas medias naranjas y la sacristía; en 1774 la biblioteca; en 1775 la sacristía incendiada; entre 1777 y 1780 el segundo piso del claustro principal; entre 1781 y 1786 la portería, los altares del claustro principal y se inició la confección de los lienzos de la vida de San Pedro Nolasco que adornan el claustro principal; y entre 1786 y 1798 los altares de la Virgen del Traje, San Ramón y Jesús Nazareno, y el Salón Capitular.


Trece de las pinturas, sobre la vida del fundador de la orden, que adornan el claustro principal ya citadas fueron realizadas entre 1783 y 1792 por el pintor Julián Jayo, bajo la dirección de fray Gabriel García Cabello. En 1786 Juan de Mata Coronado pinta uno y a partir de 1792 el pintor Julián Falte hace los demás.
Durante esa misma época se fabrican las campanas que hasta hoy siguen anunciando los ritos religiosos más importantes del templo: en 1757 el fundidor Francisco de León hace la que lleva la inscripción "Sea bendito y alabado el Corazón de Jesús Sacramentado", en 1775 el fundidor Pedro Mexía hace la "San José"y en 1787 el fundidor limeño Diego Calero, que residía en Maravillas, hace la campana grande de 1.56 mts. de diámetro.
Antes de la proclamación de la Independencia el infatigable introductor en Lima del neoclasicismo, el presbítero Matías Maestro, reconstruye totalmente el altar mayor que en 1810 será dorado por el pintor Félix Batlle. En 1807 el escultor José Vato labra una estatua de San Bernardo. En 1810 el platero José Palomino hace seis candeleros grandes de plata y el 30 de agosto de 1814 el dorador Andrés Bartolomé de Mendoza dora, graba y encarna las imágenes de la Virgen y San Juan del retablo de Jesús Nazareno. El 24 de setiembre 1823 la Virgen de La Merced es declarada "Patrona de los Campos de Lima y sus alrededores y de los Ejércitos de la República del Perú", en una pomposa ceremonia presidida por el presidente de la República José Bernardo Tagle, "en reconocimiento a la especial protección del Ser Supremo por mediación de la Santísima Virgen de las Mercedes en los acontecimientos felices para las armas de la Patria".
En 1860 el arquitecto Guillermo D'Coudry hace una refacción integral del templo de La Merced especialmente en lo tocante a la torre, las cúpulas y bóvedas entre el altar mayor y el coro. Pero a fines del siglo pasado la fachada de la iglesia de La Merced, incluyendo su magnífica portada, va a ser cubierta con una gruesa capa de yeso para darle un aspecto de arquitectura afrancesada que el templo jamás tuvo. Este maquillaje fue levantado afortunadamente en 1940 por el arquitecto Emilio Harth-Terr‚ para restituirle el aspecto original que le dio el notable alarife mercedario Cristóbal Caballero trecientos años antes.


SAN MARCELO

Hacia el final de la avenida de la Emancipación, hemos de detenernos frente a la parroquia de San Marcelo, justo en el mismo lugar en donde siglos atrás, los primeros agustinos que llegaron al Perú, levantaron el primer templo. Sobre aquel, más tarde, hubo la necesidad de construir uno mayor, con tres naves y con el crucero dotado de media naranja. Con el correr de los años los agustinos prefirieron un lugar más cercano al corazón de Lima y no estuvieron allí para cuando la iglesia fue elevada a parroquia en 1535. El templo sufrió muchas transformaciones, desde perder una de sus naves por cuestiones de orden, hasta tener que ser completamente reedificado después del terremoto de 1609. Pero si bien su rostro tuvo que cambiar y adaptarse, su profunda belleza y elegancia permanecieron. Bastaría mencionar el bellísimo retablo dedicado a la Virgen de los Remedios quien acoje con su ternura a los peregrinos, sus hijos, desde el altar mayor. El coro, el bautisterio, la sacristía, todo derrocha espacio y sencillez, calidez y elegancia. Predomina entre sus cuadros la figura de San Francisco Javier, el santo misionero. Pero no sólo son sus cuadros: su fachada misma, sus torres embellecidas recientemente, todo el conjunto es fiel testimonio de la fe profunda de una Lima que ha sabido siempre elevar, con el arte, su viva plegaria y amor al Señor de los señores, nuestro Dios.

 


SAN AGUSTÍN

La orden religiosa de sacerdotes mendicantes de San Agustín, fundada en 1256 en base a las reglas monásticas creadas por ese santo, no estuvo presente en la conquista del Perú junto a las huestes de Francisco Pizarro, como sí lo hicieron los padres dominicos, mercedarios y franciscanos. Los primeros de ellos por expreso mandato de los reyes de España. Recién en 1546, once años después de la fundación de Lima, decide el provincial de la orden radicada en Castilla, fray Francisco Serrano, enviar al Perú a miembros de esta organización religiosa, debido al éxito que habían tenido en la conversión de los indígenas durante la conquista de México. Así en 1548 se embarca para cruzar el Atlántico, como adelantado de esa congregación, fray Agustín de la Santísima Trinidad, con el fin de preparar la llegada de doce de sus compañeros que venían a establecer el convento de esa popular orden en la capital del Virreinato del Perú. Durante la travesía, este seguidor de la orden establecida por el obispo de Hipona, hizo amistad con Juana de Cepeda que venía a contraer nupcias con el rico encomendero limeño Hernán González de la Torre, ex-regidor de Jauja, regidor de Lima desde 1536 y su accidental alcalde, en ese año y en 1538, debido a la ausencia del titular Hernando Montenegro. Ya en Lima los recién casados alojan al sacerdote agustino en su casa y le hacen donación de unas viviendas vecinas a la suya, ubicadas en un barrio extremo de la ciudad, sobre el camino que en esa época conducía al puerto del Callao.
El 1o. de junio de 1551 hacían su entrada solemne a la Ciudad de los Reyes los doce padres agustinos, que en su mayor parte pertenecían al convento de Salamanca, según escribe fray Ignacio Monasterio, para instalarse en los edificios que les habían cedido los esposos González de la Torre y que poco después los diligentes padres ampliaron con la compra del solar de Juan de Morales, en la esquina de las actuales calles de Pregonería con Belaochaga (Emancipación con Rufino Torrico). Ahí el alarife Esteban de Amaya les construyó, a partir del 19 de julio de 1554, su casa conventual en lo que hoy vendría a ser la parroquia de San Marcelo. En 1561 encomiendan al mismo alarife la construcción de su primera iglesia para la cual el carpintero Cristóbal López hizo primero los techos de alfarjes y artesonados, luego al año siguiente el coro y después, a pedido de fray Agustín de la Santísima Trinidad, la talla de la imagen en bulto de Nuestra Señora de la Gracia, convertida en la titular de dicho convento.
En la noche del 8 de julio de 1573 se mudan sigilosamente los padres agustinos, de su primitivo convento vecino a la actual parroquia de San Marcelo, a los solares que hasta hoy ocupan en la esquina de las calles San Agustín y Lártiga (Camaná con Ica) y que en secreto habían comprado debido a la oposición de los vecinos padres dominicos y mercedarios, quienes argüían que los conventos estaban demasiado cercanos entre sí, impidiendo su normal desenvolvimiento religioso al servicio de la comunidad.
El 31 de diciembre del año siguiente se muda la Universidad de San Marcos del convento de Santo Domingo, en donde se había fundado en 1551, al recientemente abandonado convento agustino, para a su vez abandonarlo, el 25 de abril de 1577 -día de San Marcos- e ir a ocupar el edificio que había sido la Casa de San Juan de la Penitencia, para las hijas mestizas de los conquistadores, frente a la plazuela de la Inquisición, actual plaza Bolívar, en los terrenos donde hoy se levanta el Congreso de la República.
Después el antiguo local de los padres de San Agustín sirvió por un tiempo como vivienda temporal de los inquisidores, a su llegada a Lima, y para alojar, a partir del 2 de febrero de 1579, a Lucrecia de Sansoles, viuda del capitán Juan de Rivas, a su hija Mencía de Vargas, y a sus seguidoras, para iniciar un lugar de clausura, siguiendo el ejemplo de las madres bernardas agustinas. Esta congregación religiosa fundada por viudas acaudaladas fue el antecedente del monasterio de la Santísima Trinidad. Las bernardas ocuparon el local hasta 1606 cuando se mudan para inaugurar su propia casa, en la actual esquina de los jirones Lampa y Emancipación. En 1585, durante su estadía, la antigua iglesia de los agustinos se convierte en la parroquia de San Marcelo, coincidente con la expansión de la naciente ciudad por esos barrios anteriormente tan alejados.
Pero ya antes, el 19 de julio de 1574, se colocaba con gran ceremonial la primera piedra de la actual iglesia de San Agustín, aunque todavía de dimensiones pequeñas y de aspecto rústico, a la que el carpintero Juan Mateos de Rivas anexa la construcción y techado de un salón de 60 pies de largo a partir del 9 de febrero de 1608. El terremoto del 19 de octubre de 1609 afectó mucho al naciente edificio por lo que el 19 de noviembre del mismo año se realiza una junta de alarifes, convocada por los regidores y presidida por el prior y arquitecto fray Gerónimo de Villegas para determinar cómo refaccionar el conjunto arquitectónico.
Se inicia así la construcción de una nueva iglesia y del convento actual de San Agustín, que hasta el terremoto de 1687 serán engalanados con las siguientes obras: En 1618 el pintor romano Angelino Medoro realiza para el refectorio el lienzo de la Concepción, una virgen de tamaño natural rodeada de ángeles. En 1621 el escultor sevillano Martín Alonso de Mesa Villavicencio hace el retablo de Santo Tomás de Villanueva para la capilla de enterramiento de la familia Bilbao. El 11 de mayo de 1626 su hijo, el escultor Pedro de Mesa, contrata acabar dos retablos, que dejó comenzados su difunto padre. En octubre de 1627 el escultor Juan García Salguero contrata la bellísima sillería del coro alto. En 1630 el pintor Antonio Dovela pintó y doró la bóveda de la capilla de Santa Lucía. Entre 1636 y 1637 el arquitecto y teniente Joseph de La Sida Solís, maestro mayor de la Catedral de Lima, construye la torre esquinera. En 1642 el ceramista Juan del Corral hace los azulejos para la capilla de la cofradía de indios de San Miguel. El 19 de abril de 1643 el alarife Luis Fernández Lozano contrató hacer la nueva sacristía y ante-sacristía desde sus cimientos mientras el entallador Diego de Medina contrata techarlas, así como, labrar y decorar su artesonado y cajonería. En 1649 el maestro de fábrica Francisco de Ibarra junto con el maestro albañil Juan de Mansilla hacen la tasación de lo que faltaba para terminar en la sacristía y ante-sacristía de la iglesia por muerte del alarife Luis Fernández Lozano, autor de lo hecho hasta esa fecha. Entre 1644 y 1646 el pintor cusqueño Basilio Pacheco realiza las pinturas que adornan el claustro principal. El 2 de agosto de 1669 el alarife limeño Cristóbal Caballero se compromete, hacer el retablo en blanco de la capilla de Nuestra Señora de la Gracia. En 1669 termina el también alarife limeño Manuel de Escobar la habitación llamada "El Lavatorio" en el tránsito de la sacristía al presbiterio. En 1672 el ensamblador Diego de Aguirre inicia el retablo principal y el de la capilla de Santa Rita que en 1673 el maestro ensamblador Diego de Aguirre terminará.
Paralelamente la orden agustina fundaba en Lima, aparte del establecimiento de sus casas en muchas ciudades del virreinato del Perú, su colegio mayor y su recolección como ya lo habían hecho las demás ordenes mendicantes. En 1612 se funda el colegio de San Ildefonso, vecino al actual local de la Escuela Nacional de Bellas Artes, para el cual el 29 de abril de 1616 el pintor Angelino Medoro se compromete a hacer el decorado y la ornamentación de los retablos tallados por el carpintero Pedro Vásquez de Zamora, cuya traza y planos había realizado el mismo Medoro.
En 1619 los agustinos levantaron su convento de recolección en la llamada Portada de Guía, llamado desde entonces Santuario de Nuestra Señora de Guía, siendo su primer prior el padre Juan Pecador. En 1625 el virrey manda demoler esta recoleta al enterarse de que carecía de licencia real, pasando a los religiosos al convento de San Agustín. Gracias al empeño del prior citado en 1630 el rey Felipe IV autoriza la reedificación de la recoleta de Guía, en el barrio del Rímac o "abajo el puente", un poco mas alejada del camino a Trujillo, en donde estuvo su fundación original. En 1634 los agustinos inauguran la iglesia de esta casa. Apenas dos años después se coloca la primera piedra para la construcción de nueva y tercera iglesia para la recolección que se inaguró el 21 de noviembre de 1644 y para la cual el ensamblador Asencio de Salas esculpe la sillería del coro en 1648.
El terremoto del 20 de octubre de 1687 afecta en tal medida al templo de San Agustín que lleva a los sacerdotes de esa orden a plantear su total reconstrucción. Así alrededor de 1701 se inicia su transformación de una planta gótica-isabelina de una sola nave con capillas laterales cerradas a una planta renacentista de tres naves comunicadas entre sí y con un amplio crucero, ya muy en boga en los demás templos limeños. En 1710 se inicia la construcción de su famosa portada principal cuyos gastos realizó un patronato dirigido por Bartolomé Noriega quien, con el Obrero Mayor de la orden fray Félix de Aranguren, ya habían firmado el 17 de agosto del año anterior un contrato con el maestro cantero Ignacio de Amorín para cortar y transportar las piedras para esta obra que se inauguró en 1712. No se conoce aún al alarife, autor de esta notable portada-retablo.
Consta esta obra de cuatro cuerpos sobrepuestos cuyos detalles arquitectónicos, así como los perfiles y adornos de sus columnas dan, de acuerdo al padre Antonio San Cristóbal, "una fachada híbrida de estilo renacentista-barroco, sin mengua de su grandiosidad". En el primero de estos cuerpos se ve el basamento con tracerías sobre el que se hallan cuatro columnas salomónicas, dos a cada lado de la puerta, cuyos fustes tienen una profusa decoración de hojas y flores. En los intercolumnios hay hornacinas con estatuas de santos. El segundo cuerpo que es tan exhuberante como el primero se compone también de cuatro columnas, en cuyo centro se abre una gran hornacina que contiene una imagen en bulto de San Agustín pisando los bustos de dos herejes. El tercer cuerpo, que se separa del anterior por un cornizamiento ornamentado por cuatro cabezas de monstruos, en vez de las columnas tiene cuatro cariátides. El último cuerpo es el que contiene el vano de luz en forma ovalada que a comienzos de este siglo había sido convertido en una gran ventana circular y que afortunadamente hoy a recuperado su forma original.
Mientras tanto en el interior del templo y convento agustino se realizaban las siguientes obras de importancia: A partir de 1701 el ensamblador conchucano José de Castilla realiza el retablo para el venerado Cristo de Burgos que, tallado en esa ciudad por el entallador Jerónimo Escorceto, había llegado a Lima en 1693, mientras que el ensamblador Diego de Aguirre hacía el retablo de las Reliquias, que hacía juego con el del Santo Cristo de Burgos, por orden de Juan Bautista Ordóñez de Villaquirán. En 1741 el pintor Cristóbal Lozano hace el lienzo de "Las Cadenas de San Pedro" para la sacristía. Y en 1744, dos años antes del gran terremoto de 1746, el alarife Santiago Rosales solicita ser maestro mayor de las obras de la iglesia por fallecimiento del maestro alarife anterior Lucas Meléndez.
También anterior a ese terremoto, en la noche del 26 de octubre de 1743, sucedió el episodio que conmocionó a la sociedad limeña de esa época y que narra Ricardo Palma, cuando el platero Lucas de Valladolid robó la Custodia de la iglesia de San Agustín para enterrarla en un lugar vecino a la Alameda de Acho y huir a la ciudad de Huancavelica. Ahí fue capturado el 23 de noviembre, luego enviado a Lima el 8 de diciembre para ser ahorcado, ante numeroso público, previa cortada de manos.
Escultura importante del arte limeño que guarda la iglesia de San Agustín, en una hornacina de la Ante-sacristía, es la de "La Estatua de la Muerte" tallada en madera por el escultor mestizo Baltazar Gavilán y que los agustinos sacaban en procesión durante los días de Semana Santa. A este artífice se le atribuyen también la escultura ecuestre en bronce del rey Felipe V, que coronaba el arco que daba acceso al Puente de Piedra, una Dolorosa que se encuentra en la iglesia de San Francisco, un busto del marqués de Casa Concha y la escultura orante de José Damián de Cevallos para su monumento funerario en la capilla de Santa Ana, en la Catedral de Lima. Una leyenda recogida por Ricardo Palma sostiene que, al entrar ebrio a su habitación la noche misma en que terminó la escultura de La Muerte, Gavilán habría muerto de la impresión que le produjo.
Nuevamente por haber sido muy maltratada la iglesia por el terremoto del 28 de octubre de 1746 se realizó una nueva reconstrucción que es casi el templo que hoy conocemos si no fuera por las profundas modificaciones que se hicieron a su fachada, torre e interior afectados por la metralla recibida durante la revolución que llevó al poder al presidente Nicolás de Piérola en 1895 y que se inauguraron el 19 de setiembre de 1908.
Estas modificaciones fueron la demolición de su única torre, la sustitución de la ventana ovalada que tenía la portada por una circular y el remplazo de la mayor parte de los retablos de madera, por temor a los incendios, por retablos de ladrillo y cemento. De acuerdo a Riva Agüero "se echaron abajo el campanario y se demolió la pintoresca y anchurosa iglesia, para sustituirla con la horrible elefantiasis pseudorománica actual, sin respetar mas que la churrigueresca portada, la cortesana y tornada sacristía (con la estofa y esmalte dorado de sus imágenes barbaramente recubierto de negro) y el espléndido artesonado de la Ante-sacristía. Últimamente se ha reconstruido su famosa portada principal dándole las características que tuvo antes de la absurda reforma anterior.

 

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